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Fotografía: Tomada de internet y editada por Patricia Bertacchi |
Mención de Honor
Categoría Cuento
Concurso Dr. Alberto Manini Ríos
Edición 2011
Asociación de Escritores del Interior - A.E.D.I.
Uruguay
En las cercanías del pueblo se encontraba la posada
termal. Era un plácido lugar de encuentro con la paz. Llegamos casi a la
madrugada. Había un bar nocturno con música muy suave, como para acompañar
aquella hermosa noche de verano. Nos impactamos con tanto sosiego. Fue pasar el
umbral del lugar y nos recibió un patio con exuberante vegetación en canteros y
macetas. Había jazmines, dama de la noche, santa rita, una anacahuita central que estallaba de
follaje. Los aromas dulces y perfumados,
transformaron las sombras en algo mágico, difícil de percibir en la ciudad. Veníamos
de semanas agotadoras, de intenso trabajo. Este sería un alto para descansar.
El recepcionista inmediatamente dispuso nuestro
ingreso a la posada. Asignó nuestra habitación mientras se miraba de reojo con
un hombre alto, muy apuesto y seductor. Tenía los ojos claros. Nos entregaron
las tarjetas y salimos del hall de entrada acompañadas por el bell boy. Caminamos
entre jardines y piscinas. De una de las habitaciones salió una pareja de unos
cincuenta años. Morenos de tez y cabellos rizados. Pasamos delante de uno de
los restaurantes. Dos jovencitas estaban limpiando el lugar, enfundadas en sus
impecables uniformes de trabajo. Un hombre corpulento las dirigía y acomodaba
las mesas y sillas. Llegamos a nuestra
habitación. La 206.
Dispusimos nuestros equipajes y tomamos una ducha.
Estábamos rendidas. Apagamos las luces y la ventana abierta dejaba entrar una
suave brisa. El cielo se veía muy oscuro o eran las estrellas que brillaban
demasiado. Me dormí con esa imagen de luciérnagas destellantes y el alma
entregada a la armonía, que era el elemento en común del lugar.
Despertamos muy tarde. Había dormido profundamente y
recordaba parte de los sueños que había tenido. Eran algo extraños. Sobre todo
los cuervos que se peleaban hasta matarse. ¡Qué horror! - pensé. Había símbolos
que recordaba pero que no sabía que eran, que significaban. Un reloj grande de
péndulo marcando las tres...
Tomamos el desayuno en el balcón de la habitación,
mirando hacia las piscinas de aguas termales. Espectacular vista teníamos desde
allí. Podíamos ver el curso de un río que pasaba por detrás de la posada.
Brillaba el sol sobre el agua, plateando su curso. Una señora regordeta, de
cabello lacio y corto, intentaba salir por la escalera de una de las piscinas
mientras una chica la empujaba desde abajo. Pasamos el día disfrutando de las
aguas termales, masajes corporales con aceites y aromas y unas exquisitas manos
fuertes que nos rompían las contracturas metropolitanas.
A la tardecita, luego de una reparadora siesta, nos preparamos
para la cena. Fuimos al restaurante Los Cuervos de la posada. Había cierto
cotilleo en el ambiente y miradas que se cruzaban de unas mesas a otras. El
hombre apuesto estaba solo, bebiendo un escocés. Sentí una conversación a la
que no le di mayor importancia. Decían algo así… “- salieron a la noche y dicen
que aún no han vuelto. Se supone que venían a dormir, que iban de paseo al
pueblo. ¿Recuerdas que ella estaba un tanto enojada el día del baile? Era una
pareja de morenos. Son extranjeros”. Pensé: ¿hablarán de los mismos morenos que
había visto la noche anterior? Intenté volver a la cena y sentí los ojos del
apuesto hombre en mis piernas, que estaban cruzadas. Muy provocadora mirada,
pensé. Luego de la cena fuimos a beber algo al bar. Pasamos por otras habitaciones y en una pude ver una
pareja de lesbianas. En el bar estaban las mismas personas que habían cenado a
nuestro lado y seguían con la conversación. Pude sentir, -nos avisaron que
siguen desaparecidos. Ya hace más de veinticuatro horas que no se sabe nada de
ellos. Miré al cielo y vi un destello de luz azul muy potente. Una estrella
fugaz no puede ser –pensé. ¿Extraterrestres? Seguí observando su curso y de
pronto desapareció en el firmamento.
Apareció el bell boy con un papelito en una bandeja y
se dirigió al grupo que estaba comentando la aparente desaparición de la pareja
de morenos. Hicimos algunos comentarios con mi amiga riéndonos de la situación
y conjeturando sobre una escapada amorosa al pueblo o alguna desaparición por
arte de extraterrestres. Pude ver la
cara de intranquilidad que se dibujó en el rostro de uno de los integrantes del
grupo de turistas. Levantó la vista y dijo algo muy corto, como una exclamación
de asombro y tristeza. Nos inquietamos ante la reacción de ellos. Mi amiga
llamó al bell boy y le dijo si sabía que era lo que estaba pasando. El nos
confesó: - No puedo alterar a los pasajeros de la posada señorita, pero han
desaparecido algunas personas. No se sabe que es lo que está pasando. El pueblo
está muy consternado y las autoridades no encuentran rastros. Las personas
desaparecen cada noche como si se evaporaran en el aire. Estamos alarmados pero
tratamos de no inquietar a los turistas.
Se dibujó en el rostro de mi amiga una mueca de
asombro y alarma. Traté de contener sus pensamientos, comentando temas
laborales, sabiendo que era una atolondrada mental y se iba a aturdir. Vi su
mirada perdida en la mía, sin escuchar lo que yo hablaba. Le hice creer que el
hombre apuesto la estaba mirando. Se sonreía conmigo y lo miraba a él. Lo único
que le faltaba a mi vida estresada, era pasar por crímenes, desapariciones y
mentiras.
La hice beber mucho champagne. Era uno de los placeres
terrenales de mi amiga y medio borracha me la llevaría a dormir, así no tendría
que escucharla hablar de lo sucedido. Bebimos y fumamos durante unas dos horas,
tiradas en los camastros que tenía el bar junto a las piscinas. El barman ya no
preguntaba si queríamos beber algo, lo traía directamente. Apagué la última
colilla y vi que el apuesto hombre se acercaba. Mi amiga dormía el champagne.
Yo disfrutaba de verlo caminar. ¡Qué bonito hombre! Los calores del alcohol
recorrieron mis venas y explotaron cuando sus labios hablaron cerca de mi oído
y me dijo si quería que me acompañara a llevar a mi amiga. Le agradecí y la
cargamos hasta la 206. Salí a despedirlo. Quedamos mirándonos a los ojos. Sacó
una llave de su bolsillo, la introdujo en la 208, contigua a la nuestra y me
empujó muy suavemente dentro de ella, tomándome por la cintura. La habitación
olía a jazmines. Cerré los ojos y me dejé embrujar por sus besos. Veía los
destellos de las estrellas. Y otra vez una potente luz azul en el cielo que se
desvanecía en el éter. Él la observó callado. Sentí sus manos recorriendo mi espalda, en una
suave caricia tratando de desabrochar mi vestido de gasa roja. Su perfil se recortaba
en el cielo. Era hermoso. Perfecto. Desabroché
cada botón de su camisa de lino y acaricié su pecho, besando su cuello y
quijada. Levantó mi falda y se encontró con que no llevaba ropa interior. Me
alejó de su lado para verme a los ojos y se sonrió. Murmuró algo a mi oído, que
no entendí. No precisaba hablar. Todo era
perfecto. No cabían las explicaciones.
Terminó de soltar mi vestido, que se deslizó por mis caderas y piernas, con
toda la sutilidad de la gasa. Me llevó hasta el sommier y me observó en la
penumbra. Se sentó en un sillón cercano y me pidió que me acariciara. Lo hice mientras
nos mirábamos. Parecía como si nunca lo hubiera visto. Le llamaba la atención. Vino a mi lado, y besó apasionadamente, todo
mi cuerpo. Olía a jazmines, olía a dulzores… Acariciaba mi cabello, accediendo
a mis secretos que comulgaron entre
gemidos y sollozos.
Era de madrugada. Desnuda crucé a mi habitación. Sin
encender las luces, me acosté en mi cama y me morí. Veía a mi amiga que me
decía que fuera más atenta. Que prestara atención a las luces azules. “Los
símbolos” –me decía. El reloj nuevamente
marcando las tres. Una cruz ansada se ponía frente a mí. Un líquido azul corriendo
por los cauces del río. Las piscinas vacías, humeaban. La lluvia era roja como
si fueran trozos de gasa derretida. La pareja de morenos estaban abrazados
contra un árbol plateado. ¡Por Dios, al fin pude despertar! ¡Qué noche! ¡Cuántos
sueños! -exclamé
El sol entraba por una pequeña abertura de las
cortinas. Mi cuerpo estaba exhausto pero más mi mente. ¿El alcohol me habría
afectado así? Bajo las sábanas me encontré totalmente desnuda. Olía a jazmines…
Él… ¿Quién era? ¡Qué deliciosa noche a pesar de lo embotada que estaba!
Acaricié mi cuerpo y olí a jazmines…
Me levanté y mi amiga no estaba. Miré el reloj y
marcaba las tres. Si había sol… eran las tres de la tarde. Tomaría una ducha y
comería algo. Me puse la bikini y salí de la habitación. Quedé impactada cuando
vi que afuera estaba oscuro. ¿Era de noche? Vi luz por debajo de la puerta de
la 208. Volví a entrar y vi el rayo de luz solar. Corrí las cortinas y el cielo
estaba oscuro y nublado. La luz que se internaba entre el cortinado era un foco
de luz amarillenta que estaba al lado del balcón. Pero entonces… ¿recién me
había dormido? Tal vez fuera la noche siguiente. ¿Habría dormido veinticuatro
horas? ¿Dónde estaba mi amiga a las tres de la madrugada? ¿Habría salido con el
apuesto señor? Me senté al lado del teléfono pensando que pregunta podría hacer
a la recepción, para no llamar la atención. Iban a pensar que estaba borracha. No saber el día ni la hora en la que vivía…
Disqué el 9.
- Recepción. Buenas noches,
¿en qué le podemos ayudar? - me contestaron. Ah… suspiré. Era de noche. - pensé.
-¿Me puedes ayudar en darme
la hora que el reloj no funciona? – le dije.
- Son las tres de la
madrugada señorita. ¿Necesita algo? ¿Se encuentra bien?
¿Por qué me estaría
preguntando siestaba bien? No sabía que decirle. Me sentí inquieta.
-No, nada más por ahora. Perdón…otra
consulta… tengo hambre, ¿podrían traerme algo a la habitación? Un sandwich de
jamón crudo y algún jugo de frutas frescas. Un helado de chocolate también, por
favor. –le dije. Mi ansiedad se traslucía con todo lo que estaba pidiendo.
-En un momento se lo llevan
a la habitación. Buenas noches.
Se me hizo interminable el
tiempo mientras esperaba que golpearan la puerta con mi pedido. Me saqué el
bikini, me puse una bata y esperé sentada. Por fin golpearon a la puerta. Era
una de las chicas que había visto limpiando el restaurante la noche que
llegamos. Me sentí aliviada de ver a alguien “conocido”.
-Buenas noches, ¿cómo se
encuentra señorita? me dijo la mucama
-¿Yo? Bien. Creo que bien.
¿Y tú? –no sabía que contestar.
-No andamos bien señorita.
No encuentran a mi compañera. Igual que a la suya.
Me desplomé en el sillón, vi
como ella ponía el servicio en la mesa y me quedé en un profundo silencio. Se
me llenaron los ojos de lágrimas.
-¿Qué día es hoy? –pregunté
abruptamente.
-Jueves.
-¿Cuando desapareció tu
compañera?
-El mismo día que su amiga,
hace tres días señorita.
Habíamos llegado a la
medianoche del domingo, cenamos, bebimos y me vi con el apuesto caballero en la
madrugada del lunes. Si hoy era la madrugada del jueves, quería decir que mi
amiga había desaparecido mientras yo estaba con él.
-¿Qué hice yo estos días que
no recuerdo nada? – le dije a la mucama con ansiedad, mientras me miraba como si no entendiera nada.
-Según lo que he escuchado,
usted se levantó el lunes a la mañana y ella no estaba pero pensó que la
encontraría en la piscina. La fue a buscar pero nunca la encontró. Entró en shock
y la medicaron. La ha cuidado la enfermería de la posada y sus médicos. No se pudo comunicar a nadie cercano a ustedes
pues no había registro de familiares para contactar y las autoridades no dan
información alguna por lo extraño del caso.
-¿Cuántos desaparecidos hay?
-Seis–me contestó.
Alguien sintió que otro pasajero decía que serían siete los que desaparecerían.
-¿Las personas que están
aquí lo saben?
-Se murmura, nada con
exactitud.
-Avisa en la recepción que
salgo al amanecer. Que me reserven lugar en el bus para ir al pueblo y que me
trasladen al aeropuerto.
-Si señorita, pero cálmese
por favor. Ya lo hago.
Salió de la habitación y
quedé estupefacta. No sabía qué hacer. Comencé a comer todo lo que había
pedido. Saqué mi valija para armarla. Pensé en tomar primero un baño de
inmersión con agua termal y luego descansar un rato hasta la hora de irme. Puse
agua en el jacuzzi y me tumbé con todas las luces apagadas. Solo las luces de
las velas del baño lograron tranquilizar mi alma. Lloré…dormité… olía a
jazmines…
Golpearon a la puerta.
-En unos minutos salgo
–contesté. Me puse una bata, recogí el cabello y salí a atender. Abrí la puerta
y me encontré con él, con el hombre apuesto, sin nombre.
-Hola –le dije dulcemente.
Me causó una inmensa ternura volver a verlo.
-Hola. ¿Puedo pasar? –me
dijo sonriendo y mostrando su adorable sonrisa.
-Claro que sí. Pasa por
favor. –sentí que necesitaba que me abrazara y me apoyé en su pecho,
acurrucando mi rostro en su cuello. Olía a jazmines…. Besé su rostro y él me
abrazó fuertemente. Besó mis labios amorosamente recorriendo con sus manos mi
cuerpo. Otra vez vi su rostro recortado en la penumbra de las velas y esta vez no
pude contenerme de hablarle.
-Eres hermoso… tu piel, tu
aroma, tus besos, tus manos… Te siento sobrenatural.
-No digas nada por favor. Me
enamoré de lo desconocido para mí, de tu
sensualidad. Me enamoré del brillo de tus ojos, de la suavidad de tu piel, de
tus olores a jazmines y tierra... y tierra….
La habitación quedó bañada
de una brillante luz azul. Pensé que alucinaba por la medicación de esos días.
No quise pensar, pero me confundieron sus palabras. Las veces que había besado su
cuerpo, creí que era él quien despedía el olor a jazmines y él decía, que era
yo la que expelía esos aromas. Nos amamos apasionadamente y entre gemidos pude
escuchar lo que no había comprendido la vez anterior…
-Nos vamos, sos la número
siete.
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