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Dibujo realizado por la Lic. Sofía Rossi Bertacchi |
Mi Noche de la Nostalgia
Aquella
noche fría del 24 de agosto de 1977, tomé una ducha caliente para templar el
cuerpo y así comenzaba con mi “ceremonia”, empañando el espejo de la toilette.
Con la toalla, sequé en forma de círculo en el centro y apareció mi rostro.
Llevaba ruleros térmicos para marcar ondas más suaves a mi cabello. Sujeté
alrededor de mi cuerpo el toallón blanco y del nécessaire de cosméticos, saqué un
lápiz delineador negro. Esfumé el crayón sobre el nacimiento de las pestañas,
apliqué Rimmel y mis ojos se mostraron más verdes almendra. En ciertas
ocasiones, aparecía este color de forma más marcada. En aquel momento no sabía qué
era lo que los cambiaba. El toque final, lo dio un poco de rubor de mamá en las
mejillas y un brillo traslúcido en los labios. Era casi un complejo para mí
tener la boca tan marcada, haciéndolos lucir húmedos y más carnosos.
En el
espejo alto se reflejaba mi hermoso vestido, colgando de su percha en la puerta
del placard. Era largo, negro, de corte princesa y manga guante. El escote en
forma de U complementaba ese aire de romanticismo e imperio que había querido
darle al diseño. Por debajo y en todo el contorno, lucía una trenza de lazos finos
y redondos de raso, que anudaban en el frente y caían sueltos casi tan largos
como el vestido. En la espalda, una hilera de botones forrados en raso y
presillas de la misma tela, daban el toque de delicadeza a la prenda. ¡Deseaba
caer dentro de ese vestido que había sido tan bien interpretado por la modista
de la familia!
Fui
quitando los ruleros y mi cabello largo se fue soltando en ondas que hacían
lucir más los reflejos de él. Con mis dedos fui abriendo los bucles y me vi tan
soñada como Farrah Fawcett. Debo admitir que era la imagen que tomé como modelo
en mi adolescencia.
Me puse la
ropa interior y las medias de seda. Calcé unos zapatos de tacón de mediana
altura de charol negro y pulsera en el tobillo. Desprendí cada botón del
vestido y alzando los brazos me deslicé dentro él. ¡Por Dios, finalmente él me
vestía! Tímidamente dejaba ver el nacimiento de mis juveniles senos.
Le pedí a
mamá que me ayudara a prender los botones y me puso una gargantilla de strass
que hacía juego con las caravanas del colgante. Se los habían regalado a los 18
años, cuando la presentaron en sociedad en ese mismo baile. Me miré en el
espejo de cuerpo entero y me sentí una princesa, que pronto estaría entrando en
un baile de gala.
¡Faltaba
algo! El perfume 7 brujas de Vanderbilt. El de la etiqueta celeste. Tomé el
frasco de opalina blanco en la palma de mi mano, sintiéndolo frío, quité la
tapa y puse gotas en mi cuello y muñecas. Su aroma dulzón me envolvió. ¡Ahora
sí estaba lista! La ceremonia había culminado y mis ilusiones rebozaban dentro
de cada célula de mi existencia.
Me senté
como almidonada en el living junto a la estufa a leña, esperando que me
vinieran a buscar.
***
¡Era tanta
la emoción al entrar al Club Paysandú! Temblaba, entre el helado clima de
aquella noche y mis nervios de inocencia intacta. Nos encontrábamos todos, nuevamente
para festejar el 25 de agosto y todos lucíamos hermosos. Las luces sicodélicas
y la bola de espejos se reflejaban en los cristales azogados del salón. Los
pisos de fina madera lucían hermosos y el ambiente era de mucha calidez. En la
cabecera de la pista de baile, sobre una tarima, estaban los instrumentos
aguardando a los Hermanos del Silencio para estremecernos con sus
interpretaciones con lo mejor de la música de los ‘60s y‘70s.
Las mesas
se iban ocupando de amigos, algunos no tanto, parejas y todos muy jóvenes. Entre
nosotras se podía escuchar cuchicheos diciendo: ¿llegó? ¿Lo viste? ¿Está en el
salón? ¿Con quién está? ¿Será aquel? Todas queríamos ver al príncipe azul.
De pronto,
crucé la mirada con un amigo que estaba con su novia y parecía no estar allí. En
la noche nos vimos a los ojos en alguna otra oportunidad y me quedó el recuerdo
de sus ojos distantes y hasta tristes. Éramos chicos. No se me borró esa mirada
fría que hasta parecía apática.
Era nuestra
noche de gala, alegría y sueños de adolescentes. Me divertí muchísimo con mi
barra de amigas, bailé toda la noche, con algún amigo que ya partió de entre
nosotros, con algunos que no sé qué fue de sus vidas, con alguien que luego
movilizó mi corazón también, con amigos confidentes e inseparables de aquellos
años y con los que hoy nos guardamos especial afecto. Estos sentimientos y
aquellos sueños quedaron enganchados en mi corazón, en mis recuerdos y no los
quiero soltar, me dan ternura y felicidad. Casualmente fue el último año que fui
a ese baile. Para el próximo, ya estaba en Montevideo y tenía saudade.
Esta es mi “Noche
de la Nostalgia”.