Saludo de bienvenida

Soy Patricia Bertacchi, autora del diseño y los contenidos de este espacio. Aquí encontrarán un lugar donde refugiarse entre mis pasiones y sentimientos, que bien podrían ser los mismos de ustedes, tomando forma en poemas, cuentos, fotografías, opiniones y comentarios, artículos del Rincón Gastronómico de la Revista C&A Carnes y Alimentos, lecturas, crónicas de viajes y hasta alguna receta. Bienvenidos a mi hogar virtual!

martes, 21 de abril de 2026

Crónicas Patricias: Reliquias de Croacia: Isla de Brač, Bol, Playa Zlatni Rat o Cuerno de Oro



 















Brač: El Corazón de Piedra y Sal de Dalmacia

Nuestra aventura comenzó en el bullicioso puerto de Split. Subir a un ferry de Jadrolinija no es solo un traslado; es el ritual de inicio hacia una de las islas más fascinantes del Adriático. Mientras la silueta del Palacio de Diocleciano se alejaba, el azul profundo nos guiaba hacia la Isla de Brač. Sentí la nostalgia de partir y ver alejarse la espléndida joya de Split. 

La historia de Brač no se lee en los libros, se siente bajo los pies. Habitada desde el Neolítico, esta isla ha visto pasar a ilirios, romanos y venecianos, cada uno dejando su huella en el paisaje. Pero si algo define su alma es la piedra blanca, esa caliza pura que los romanos ya extraían para levantar el Palacio de Diocleciano y que hoy sigue siendo el orgullo de sus cerca de 14.000 habitantes.



Puerto de Split (en croata: Luka Split) o
Terminal de Ferries de Split (Trajektna luka Split).
El es puerto de pasajeros más concurrido de Croacia.



Terminal de Jadrolinija: Si viajas con coche o 
en los barcos grandes de esta línea, la terminal principal 
suele estar en el muelle llamado Gat Svetog Duje.
Siempre te conviene elegir los rápidos. 






El perfil de Split desdibujándose desde la cubierta del Jadrolinija.
Esa mezcla de edificios históricos y montañas imponentes
 es el último adiós al continente antes de que la curiosidad
me lleve a descubrir los secretos de Brač.





Dejar el puerto en silencio, suavemente nos deslizamos
antes de navegar en mar abierto, observando cómo la ciudad
se vuelve pequeña.
Hay una belleza mansa en este horizonte que solo se percibe
cuando te permites, simplemente, estar presente y mirar.





¡Y allá vamos! Con la misma emoción de quien descubre el mar
por primera vez, dejo atrás la costa para ir al encuentro de Bol.
Split se queda en la retina, mientras el ferry abre camino hacia lo nuevo.




























Bol: Donde la Historia se escribe en Latín

Al llegar a Bol, se siente el peso de los siglos. Con poco más de 1.600 habitantes, este pueblo logra mantener un equilibrio perfecto entre la paz de un antiguo asentamiento y el brillo del turismo internacional. Su nombre deriva del latín Vallum (fortificación), un guiño a su pasado romano que todavía se respira en sus callejones de piedra blanca.

Caminar por Bol es descubrir que su nombre mismo es un eco del pasado: proviene del latín Vallum, refiriéndose a las antiguas fortificaciones. Es una isla que ha vivido de lo que su tierra pedregosa le ofrece con esfuerzo: la cantería, el pastoreo y esos olivos centenarios que parecen observar el paso del tiempo en total silencio.


La Playa que "Vuela": Zlatni Rat

Si hay un símbolo que define a Brač es Zlatni Rat (el Cabo Dorado). Esta lengua de guijarros finos desafía la estática: según sople el viento o cambien las corrientes, su punta se curva hacia un lado o hacia el otro. Caminar por ella es sentir la fuerza de la naturaleza en constante movimiento. 

Zlatni Rat no es solo una playa de postal. Para mi curiosidad, es un ser vivo. Me quedé en silencio viendo si la punta del cabo se rendía ante el viento, cambiando su forma con una docilidad asombrosa. Es un recordatorio de que nada es lo que parece, o al menos nos muestra, que ante ciertas circunstancias, las formas acostumbradas toman otras formas nuevas y así también nos pasa en la vida. 




Accedemos por camino a la sombra desde el Bluesun Hotel Elaphusa para llegar a la playa, disfrutando del sonido de las chicharras y el frescor de los árboles. 
A veces, para entender la magia de un lugar, hay que mirarlo desde afuera. Desde aquí, la famosa 'punta' de Bol parece un brazo de seda que se estira hacia el mar. Observar el movimiento pausado de los botes es mi forma favorita de dejar que el tiempo se detenga. El aroma a resina de pino y el salitre del Adriático se mezclan en este mirador natural. Es el preludio perfecto, el verde de la isla abrazando el blanco de la piedra y el turquesa del agua. Un cuadro que me llevo guardado, mucho antes de pisar su arena. 


El cristal del Adriático: una transparencia que confiesa secretos


En Bol, el mar no tiene misterios; tiene honestidad. Lo que más me cautivó, casi con la fascinación de una niña asomada a un acuario infinito, es la transparencia absoluta de sus aguas. No es un azul que oculta, es un cristal que revela cada pequeña piedra blanca y cada relieve del fondo como si estuvieran al alcance de la mano.
Esta claridad casi mágica tiene una explicación que mi curiosidad no pudo pasar por alto. Al ser una playa de guijarros finos y no de arena que se enturbia, el agua se mantiene impoluta, filtrada por la misma piedra caliza que da fama a la isla. Observar a alguien nadar allí es ver a un ser suspendido en el aire; es una invitación al silencio, a quedarte quieta en la orilla simplemente agradeciendo que existan lugares donde la pureza todavía se puede tocar. Y es lo que hice. Fue una gozada!!! No dejen de llevar zapatillas de agua para esta piedritas que son bastante molestas. 




En Bol, el mar no esconde nada. Me fascina esa claridad que permite ver el fondo, como si el agua fuera un cristal que protege los secretos de la isla. Ver a alguien entrar así, poco a poco, es sentir el mismo respeto que yo siento por esta naturaleza.


Esos rincones se descubren cuando caminas sin prisa, sabes que la playa te espera y descansan debajo del verde follaje que nos permite un respiro en medio de un día caluroso. Entre el verde intenso de los pinos y los diferente azules del Adriático, encontré esta ventana natural hacia las pequeñas calas de Bol. Un recordatorio de que, a veces, lo mejor ocurre en los márgenes de lo conocido.



Me quedé un buen rato observando el movimiento en la arena: las personas que caminan hacia la punta, los barcos que descansan y ese degradé turquesa que parece pintado a mano. En Zlatni Rat, el silencio del mar se mezcla con el murmullo de quienes, como yo, no pueden evitar sentirse pequeños ante tanta perfección














Desde arriba, la playa parece un abrazo de piedra blanca que busca el azul profundo. Observar esta lengua de tierra es entender por qué Brač es única. No es solo un destino, es un espectáculo de equilibrio entre el bosque, la piedra y el Adriático que me llevo guardado para siempre, la paz y sosiego que puedes darte el lujo de disfrutar pues esto es lo más importante que tiene para hacer. no hay prisas y si las hay...las frenas.


Esos "guijarros" que se ven en la foto no son arena fina, sino pequeñas piedras redondeadas por el mar durante siglos. Por eso el agua es tan increíblemente clara. Es el lugar perfecto para hablar de cómo la Piedra de Brač se manifiesta incluso en sus playas más famosas.


La Isla de Brač no es solo un destino geográfico, sino un estado de ánimo. Volver en el ferry hacia Split, para tomar un nuevo ferry que nos lleve a nuestro próximo destino, la isla de Hvar, es llevarse un poco de esa piedra blanca en el corazón y el compromiso de volver a buscar, algún día, esa punta del Cuerno de Oro, que siempre estará en un lugar distinto al que la dejas.














La montaña que se ve detrás es la Vidova Gora, el punto más alto de todas las islas del Adriático, que parece proteger la playa de Zlatni Rat.

El contraste me dejó sin palabras... la delicadeza del agua cristalina lamiendo la orilla y la presencia imponente de la montaña. En Brač, la naturaleza no susurra, te abraza con su magnitud y te grita que la mires. Es un lugar donde el tiempo parece detenerse para dejarnos, simplemente, observar.












Al fin, el blanco. Caminar sobre los guijarros de Zlatni Rat es sentir la vibración de la isla bajo los pies. Y al levantar la mirada, ahí está ella; la Vidova Gora, la montaña más alta del Adriático, con sus 778 m de altura, es la responsable de ese microclima tan especial que permite que los pinos lleguen casi a besar el mar, custodiando la playa como un gigante dormido. Me sentí pequeña, pero inmensamente viva, en ese espacio donde el verde de los pinos intenta alcanzar el azul infinito del cielo.

Me detuve un segundo a observar cómo la gente se dispersa por la lengua de piedra, cada uno buscando su propio trozo de paraíso. Lo que desde lejos parecía un brazo de seda, aquí es pura fuerza, piedra blanca pulida por los siglos y una brisa que te cuenta historias de barcos antiguos. Es un escenario que te obliga a estar presente, a mirar cada detalle, desde el brillo del agua y su increíble transparencia, su temperatura ideal y la flotabilidad de la sal que te sostiene como un niño en brazos de tus padres, hasta los picos rocosos que nos rodean son puro escenario!!






De este lado del Cuerno de Oro fue mi baño de bautizo en el Mar Adriático. Del otro lado había un poco de viento. Algo insuperable que hasta ahora la memoria de mi piel lo sostiene. Ojalá algún día pudieran hacerlo. En la sencillez de este lugar, sin lujos ni nada que se le parezca, realmente te siente una con todo lo que te rodea. 


















Dos días completos de descanso reparador en mente cuerpo y alma. Mucha playa y baños en un mar purificador. Retornamos caminando rumbo al Bluesun Hotel Elaphusa que es un sendero inmerso en el pinar centenario y caminar  por él, es una experiencia para todos los sentidos.  Desde el frescor de la sombra, el sonido de las chicharras, los destellos turquesa que aparecen y desaparecen entre los árboles, algunos cantan, otros se visten de largo pues ya su caminata es un paseo, otros van como nosotros de ropa de playa. Llegamos para un baño en piscina, relax en jacuzzi y una gran cena en la Taverna Vallum. 













Desde aquí arriba, la curiosidad se sacia al entender cómo encajan todas las piezas: el pueblo de Bol, el puerto donde la vida late y, al fondo, la silueta inconfundible de Zlatni Rat estirándose hacia el mar.

Esta es la imagen que me guardo para cuando necesite silencio. La inmensidad del canal de Hvar frente a nosotros y Bol descansando a nuestros pies. Una panorámica que resume mi viaje: historia, sol y esa paz que solo se encuentra cuando te permites ser, simplemente, una observadora del mundo



Una joya absoluta de la isla: el Monasterio Dominicano de Bol. Fundado en 1475 sobre una pequeña península (Glavica), es el lugar donde el silencio y la historia se encuentran con el mar. Hay lugares que parecen flotar entre el cielo y el mar. El Monasterio Dominicano se aferra a su península como un faro de paz. Me quedé a  la distancia, imaginando los siglos de rezos y pensamientos que han quedado guardados en sus muros de piedra, mientras el Adriático acaricia su orilla en un murmullo constante. 
El monasterio no es solo una iglesia, sino que alberga un museo con pinturas valiosas (como una del taller de Tintoretto) y una biblioteca antigua. Además, las playas a sus pies (Martinica Beach) son conocidas por ser mucho más tranquilas que Zlatni Rat, ideales para quienes, como yo, buscan la calma.


Taverna Vallum



Después de dejarme envolver por ese cuadro de colores, el cuerpo pedía tierra. La caminata me abrió los sentidos para descubrir que Brač no solo entra por los ojos, sino por el paladar. Fue el momento de refugiarnos en la Taverna Vallum, donde el aceite de oliva local y ese vino Plavac Mali nos recordaron que en esta isla, hasta el sabor tiene historia.











La cena en la Taverna Vallum del Hotel Elaphusa fue el refugio perfecto. Entre paredes que evocan una historia antigua, disfruté de ese aceite de oliva que sabe a esfuerzo y a sol, y de un vino que cuenta historias de viñedos que crecen entre las rocas y te descubre un sabor nuevo. Cenamos con alegría, descontracturados y el cansancio se iba desvaneciendo a medida que nos acercaban platos exquisitos por su sencillez y excelente materia prima, Agradecida por el privilegio de estar, simplemente observando cómo la vida sucede y habitando plenamente cada instante de quietud.







Me voy de Brač con la sensación de quien ha encontrado un tesoro que no se puede tocar, pero sí sentir. En el ferry de regreso a Split, mientras la silueta de la Vidova Gora se volvía un dibujo borroso en el horizonte, fijé en mi memoria el aroma a pino y esa transparencia honesta del agua que nos enseña que fluir es la única forma de permanecer. 

Brač no es solo una isla de piedra blanca; es un recordatorio de que la vida sucede en los detalles, en el silencio compartido con el mar, en el brindis con un vino que sabe a tierra, en la atención amable de nuestros anfitriones, en la alegría de haber recuperado, una vez más, esa capacidad de asombro que solo se tiene cuando te permites mirar el mundo con ojos limpios. 

Me despido de la isla con una sonrisa, sabiendo que una parte de mí se queda allí, flotando en ese turquesa infinito, donde el tiempo, simplemente se detuvo, para dejarme observar y emocionar.

"Spero che questo racconto sia stato per voi un piccolo rifugio, proprio come Bol lo è stato per me. In ogni pietra bianca e in ogni riflesso del mare, ho ritrovato un pezzetto della mia anima. Grazie di cuore per aver camminato con me."A presto!!💙💚😘



No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Bienvenidos!! Pueden sentirse refugiados en el calor de mis pasiones y dejar vuestros comentarios.¡Gracias por visitarme! ¡Os quiero!